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El diablo viste de Prada 2La nostalgia salva el desfile

El diablo viste de Prada 2: La nostalgia salva el desfile

El esperado regreso a Runway deslumbra con su estética y el protagonismo de Stanley Tucci, pero no arriesga en la trama

 

Veinte años después de que el sonido de unos tacones de aguja y la exigencia de un café de Starbucks aterrorizaran las oficinas de la Gran Manzana, volver a sentarse en la butaca del cine para ver El diablo viste de Prada 2 es, para cualquier amante de la primera, un acto de pura nostalgia y expectación. La experiencia visual atrapa desde el primer minuto y nos sumerge de nuevo en un universo donde la moda no solo viste, sino que determina quiénes somos. Sin embargo, una vez terminan las luces de los flashes de Milán, el film deja un regusto ligeramente agridulce. Esta no es una película que venga a cambiar las reglas del juego, regresa a la gran pantalla con más lujo, pero parece haber perdido parte de la magia rompedora que nos cautivó en el año 2006.

diablo viste de pradaBasada en la novela superventas de Lauren Weisberger publicada en 2003 y en la icónica adaptación cinematográfica, esta secuela se enfrenta al difícil reto de justificar su existencia dos décadas después. No nace de la creación de una gran novedad, sino que se trata de revivir un clásico. Al estreno hay que sumarle un trabajo de marketing excepcional, tanto en los meses previos al lanzamiento como ahora, una campaña que ha sabido capitalizar la nostalgia de varias generaciones y convertir un simple estreno en un gran evento cultural global.

La continuidad es su gran reclamo, pero su verdadero valor periodístico recae en cómo ilustra el cambio de paradigma en los medios de comunicación. El film refleja la transición del periodismo tradicional, de papel, a la era digital de hoy en día. Vemos una revista Runway que ha dejado de imprimirse y se ha adaptado a las newsletters y las fotografías digitales. Este cambio se ve claramente cuando Andy Sachs es despedida de The Vanguard al inicio de la película, simbolizando la crisis de la prensa escrita.

Mientras que la estética es impecable, el guion hace aguas. La falta del factor sorpresa y de la originalidad de la primera hace que esta se sostenga más por el nombre y la campaña promocional que por la narración. El desarrollo del personaje de Anne Hathaway como periodista, que fue el pilar emocional y ético de la primera parte, queda aquí totalmente reducido.

En cuanto a la fabulosa Miranda Priestly, la dirección ha optado por no arriesgar. Meryl Streep mantiene impecable aquel carácter frío y autoritario que la convirtió en un icono, pero se queda corta en este reencuentro. El espectador puede ver pequeñas pinceladas de su vulnerabilidad humana cuando ve peligrar su futuro laboral. En contraste, la verdadera sorpresa del guion es Nigel. Stanley Tucci se come la pantalla y gana un protagonismo merecido. Es revelador que sea precisamente el ideólogo que consigue hacer volver a la periodista a Runway, dejándonos conectar aún más con la personalidad y el valor del personaje.

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Imagen de la película «El diablo viste de Prada 2» cedida por 20th Century Studios.

Si la trama flaquea por su previsibilidad, la dirección de arte, la fotografía y el montaje son el auténtico salvavidas de la obra. El vestuario no es solo un elemento de atrezzo, sino que se convierte en un personaje más que mantiene al espectador hipnotizado ante miles de colores, patrones y tendencias.

El punto culminante estético llega con el desfile en Milán. El montaje se vuelve magnético y rompedor con las luces, los cortes rápidos y la música interpretada por Lady Gaga. La dirección aprovecha la ubicación ejecutando planos del emblemático Duomo y del Lago de Como, que contrastan con la frialdad de las oficinas en Nueva York. Además, el film regala a los amantes de la moda imágenes de diseñadores como Donatella Versace y Marc Jacobs, y supermodelos como Naomi Campbell, Heidi Klum y Ashley Graham.

Bajo el peso inevitable de las altas expectativas, El diablo viste de Prada 2 es una obra que, con su narrativa, se queda lejos de la de los años 2000. En cambio, funciona a la perfección como un «pequeño aperitivo» visualmente perfecto que nos devuelve a la exigente oficina de Runway y a sus protagonistas. Este es el verdadero motivo por el cual los fanáticos de la primera obra se sientan una segunda vez para disfrutar y adentrarse de nuevo en aquello que los marcó hace veinte años.


Perfil de autor/a

Claudia Martinez

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