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muralla indie

Pasan los años deprisa y yo acabé en un festival indie

Llegué a Muralla Indie en Alcalá de Henares sin demasiadas expectativas y terminé descubriendo a Xoel López, reencontrándome con mis raíces extremeñas y perdiendo una manoletina en un pogo.

 

Era viernes y estaba en la oficina cuando me confirmaron que podía ir a cubrir Muralla Indie, en Alcalá de Henares. No me lo pensé demasiado. Me gustan los conciertos y siempre está bien salir un poco de lo que haces habitualmente.

Eso sí, el indie no es precisamente el género que más escucho. El año pasado ya estuve en Sonorama, pero allí tenía algo más de ventaja porque había artistas bastante más cercanos a lo que suelo escuchar. “Eres la reina del pop”, que dijo Amaia Montero. Pero bueno, se nota que estoy rozando los 30, supongo.

Llegar a Alcalá de Henares fue bastante sencillo. Además, una de las primeras cosas que me sorprendieron fue la organización. Había varios aparcamientos bastante bien señalizados y pudimos dejar el coche en el que estaba más cerca del recinto, prácticamente al lado de la muralla.

Una vez dentro, fui a la zona de prensa y esperé unos cinco minutos a Rocío, que era quien llevaba la gestión de prensa. Todo fue muy fácil y ella fue encantadora. Después tocaba empezar a descubrir el festival.

Había puestos de comida, bebida y merchandising, zonas para cargar las pulseras y diferentes espacios para descansar. Eso sí, eran alrededor de las seis de la tarde y hacía un calor considerable. Mucho.

 

Xoel López y la primera sorpresa de la tarde

El primer concierto que vi fue el de Xoel López. No había escuchado nada suyo y me gustó muchísimo.

Estábamos bastante cerca del escenario y eso, para mí, siempre hace que un concierto se viva de otra manera. Aunque no conociera las canciones, hubo varias que consiguieron engancharme. “A Serea e o Mariñeiro”, por ejemplo, fue de las que más me llamó la atención.

La sensación durante todo el concierto fue muy buena. El público estaba bastante conectado con él y, aunque no era un artista al que yo hubiera ido a ver por mi cuenta, salí pensando que había sido una sorpresa muy positiva.

Entre concierto y concierto también había un DJ pinchando y el ambiente era agradable. Todavía era pronto, eso sí, y el calor seguía siendo uno de los protagonistas de la tarde.

Después de Xoel fuimos a por algo de beber. Y aquí otra cosa que me gustó: el servicio del bar era rápido y los precios, teniendo en cuenta que estábamos en un festival, me parecieron bastante razonables.

 

Álvaro Benito y Pignoise

Después llegaba Pignoise, que precisamente era uno de los grupos que más me llamaban la atención cuando me enteré de que iba al festival. Al menos sobre el papel, era uno de los nombres que más me sonaban y tenía curiosidad por verlos en directo, pero aquí la cosa cambió bastante.

No tuvo nada que ver con que yo sea del Atleti y Álvaro Benito sea madridista, que conste. Simplemente no conecté con el concierto.

Me dio la sensación de que muchas canciones sonaban demasiado parecidas entre sí y tampoco terminé de ver una conexión demasiado grande con el público. Para mí, el concierto se quedó un poco en una sucesión de canciones sin mucho más.

También es verdad que estábamos bastante más lejos del escenario y el sonido no era igual, así que eso pudo influir en mi percepción. Pero, en ese momento, la sensación que tenía era que estaba viendo un poco una playlist en directo.

Y también pensé algo que quizá sea un poco cruel: había cierta sensación de no querer asumir que los años pasan. No por ellos en concreto, sino por esa sensación de intentar seguir haciendo exactamente lo mismo que hace años. Y yo, que precisamente acababa de empezar a pensar en que tengo 28 y los 30 están ahí al lado, tampoco estaba para dar muchas lecciones sobre el paso del tiempo.

 

Comida, tatuajes y “perritos” 

Los food trucks estaban bastante llenos, pero la verdad es que servían relativamente rápido. Yo no llegué a pedir comida, aunque mis amigos sí se compraron unas hamburguesas. 

Otra cosa que me llamó la atención fue que había una pequeña zona de tatuajes, pequeñitos. Había cola, así que finalmente no me hice ninguno. Además, hubo otro detalle que me gustó todavía más y que no tenía nada que ver con la música.

En las pantallas del festival aparecían perros de protectoras y asociaciones de animales, con sus fotografías y algo de información sobre ellos. No recuerdo haber visto algo así en otro festival y me pareció una iniciativa muy bonita. Es una de esas cosas pequeñas que quizá no sean lo primero que recuerdas cuando piensas en un cartel, pero que hacen que el espacio tenga algo más.

En general, además, el recinto estaba organizado de manera bastante cómoda. Había zonas de descanso, las gradas eran de acceso libre y podías moverte con bastante facilidad. Los baños estaban limpios y no recuerdo haber tenido que hacer grandes colas.

Y eso, cuando llevas varias horas, se agradece muchísimo.

 

Love of Lesbian y un concierto que viví de otra manera

El siguiente concierto fue el de Love of Lesbian. Otra vez, un grupo al que nunca había escuchado demasiado, y aquí tengo que reconocer que yo ya estaba cansada.

El concierto se me hizo un poco pesado y largo. No sé cuánto tuvo que ver la música y cuánto el hecho de llevar varias horas allí, así que subí a las gradas. Y precisamente ahí fue cuando empecé a vivir el concierto de otra manera. Fue un completo acierto. Además, ya había bajado bastante la temperatura y se estaba mucho mejor.

Era el último concierto de Love of Lesbian en Madrid antes de un parón y Santi Balmes dio también un discurso de contenido político. Pero, más allá de eso, lo que más me llamó la atención fue el público.

Probablemente fue el concierto de los tres que había visto hasta ese momento que más lleno estaba. Y se notaba que para mucha gente era un momento importante. Había gente llorando, cantando absolutamente todo, saltando… La conexión era evidente.

Yo, sin embargo, seguía sin terminar de conectar con la música. Y creo que precisamente ahí estuvo una de las cosas más interesantes de la tarde: puedes no sentir un concierto como tuyo y, aun así, entender perfectamente que para otra persona lo sea.

Mi momento favorito del concierto fue cuando tocaron una canción que tienen con Rigoberta Bandini. Tristemente no apareció, pero fue una de las canciones que más disfruté. 

También había empezado a notar que el festival llevaba cierto retraso. Entre unos conciertos y otros se estaban acumulando unos 20 o 30 minutos y, sobre todo, me llamó la atención el tiempo que llevaba desmontar y montar el escenario.

No tengo ni idea de producción de festivales y sé perfectamente que detrás de cada cambio hay muchísimo trabajo, así que no pretendo decir cómo debería hacerse. Simplemente, como espectadora, sí tuve la sensación de que los tiempos se estaban alargando bastante.

 

Sanguijuelas del Guadiana y volver un poco al pueblo

Y entonces llegaron Sanguijuelas del Guadiana, donde cambia bastante la historia. Nunca había escuchado a Sanguijuelas del Guadiana, pero son de Extremadura, igual que mi familia.

Mis abuelos son extremeños. Mi madre nació en el País Vasco porque antes de acabar en Madrid, donde nací yo, mis abuelos pasaron una época allí. De pequeña íbamos al pueblo, pero la verdad es que yo nunca terminé de sentirlo como mi sitio.

Mis amigas eran también “forasteras” y creo que vendieron la casa, así que dejé de tener amigos allí a una edad en la que ya era algo difícil entablar relaciones. Así que, con el tiempo, empecé a tener cierta pereza por ir. Me parecía que no había nada que hacer. Ahora lo pienso y creo que probablemente a mis abuelos les dolió que yo no tuviera ese vínculo con el pueblo que ellos sí tenían.

Con los años, sin embargo, me ha ido interesando más de dónde vengo. Soy la mayor de los nietos y la única chica y, este verano, estuve allí con mis primos, que sí son bastante fans de Sanguijuelas del Guadiana. Todo esto hizo que llegara al concierto con otra predisposición.

Y además el escenario me pareció muy bonito. Una cochera, con un cartel de “Se vendía” y una nevera llena de cervezas. Tenía bastante sentido con lo que estaban haciendo.

Cuando empezaron a tocar, me dio un poco el bajón. Supongo que soy sentimental, pero escuchar ese acento, hablar de los pueblos, de las cosas pequeñas y de una forma de vida que yo conozco por mi familia hizo que me acordara muchísimo de mis abuelos.

Yo soy la prima que vive en Madrid y que aparece en el pueblo sobre todo en verano. Y de repente estaba allí escuchando a un grupo que hablaba de cosas que, aunque no hubiera vivido exactamente igual, reconocía. Había además un montón de banderas de Extremadura entre el público y entendí un poco por qué el grupo consigue juntar a tanta gente.

Hicieron una versión de “Nada que perder”, de Robe, que me gustó muchísimo. Y, sinceramente, creo que hay que tener bastante personalidad para versionar a Robe delante de un público que conoce muy bien esas canciones. A mí me pareció que estuvieron a la altura.

“Revolá” y “Amapolas” fueron otras de las que más disfruté.

No podía dejar de pensar en mis abuelos y supongo que fue una especie de reconciliación con una parte de mis raíces que durante muchos años había tenido bastante apartada. Quizá por eso también entendí de otra manera una frase de “Septiembre”: “Pasan los años deprisa”.

Porque sí. Tengo 28 años, mis abuelos son mayores, yo ya no soy la niña que iba al pueblo sin saber muy bien qué hacer allí y ahora me interesa mucho más entender de dónde viene mi familia. Los años pasan deprisa.

 

Y acabé en un pogo sin saber muy bien cómo

Y todo esto podría haber terminado ahí, con una reflexión bastante seria sobre las raíces, la familia y el paso del tiempo. Pero no.

En mitad de uno de los pogos, uno de los miembros del grupo —no sé exactamente quién— bajó de la zona del escenario y yo me vine muy arriba. En cuestión de segundos podía haber pasado perfectamente por una fan que llevaba siguiendo a Sanguijuelas del Guadiana toda la vida. Saltando, gritando y metiéndome en el pogo como si no llevara toda la tarde diciendo que nunca los había escuchado. En algún momento, además, perdí una manoletina. Una manoletina.

Claro, iba vestida todavía con ropa bastante de oficina porque cuando salí a trabajar aquella mañana no tenía previsto acabar metida en un festival. Mucho menos en un pogo. Así que ahí estaba yo, con una manoletina menos (la acabé encontrando), saltando con Sanguijuelas del Guadiana y pensando que probablemente esa era la mejor manera posible de terminar la noche.

Cuando finalmente salimos, la muralla estaba iluminada y el recinto tenía otra cara completamente distinta a la de las seis de la tarde. Y pensé que, al final, había ido a Muralla Indie sin tener demasiadas expectativas y me había llevado bastante más de lo que esperaba.

No salí enamorada de todos los conciertos. De hecho, hubo momentos en los que me aburrí o se me hicieron largos. Pero sí me llevé descubrimientos, un montón de detalles que me gustaron de la organización y, sobre todo, una noche que terminó conectándome con algo que no esperaba encontrar allí.

Perfil de autor/a

Paula Baena

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